Es muy bueno estar comprometido con algo, con alguna causa. De hecho quizás sea esencial para crecer, para evolucionar, aprender a dar lo mejor de uno.
Del compromiso nace es esfuerzo, que no necesariamente es sacrificio o sufrimiento, ya que muchas veces disfrutamos de trabajar para alcanzar una meta.
Estar comprometido enfoca nuestra energía, nos da una razón para levantarnos por las mañanas, trabajar, aprender, practicar, militar, o cualquier actividad que el compromiso signifique.
Nos comprometemos cuando encontramos una razón para trabajar, para entregarnos a la experiencia de transformar y transformarnos. Las causas que logran comprometernos, por lo tanto, tienen un fuerte significado para nosotros.
Sin embargo, suele suceder que cuando encontramos con qué comprometernos, tendemos a creer que esa causa es “la” causa, que el mundo depende de nuestro éxito. Muchas veces sólo así logramos entusiasmarnos: tiene que ser algo profundo, algo que el mundo necesita imperiosamente para no colapsar.
Tendemos a generalizar nuestra causa, y podemos caer en juzgar a los que no les interesa, tildándolos de inconscientes, irresponsables o ignorantes. Criticamos su indiferencia, la que tomamos como desidia, y nos sentimos diferentes, mejor ubicados que ellos, más conscientes de “la realidad”.
Así perdemos de vista algo muy obvio: eso que llamamos realidad es tan rica y variada, tan plena de alternativas, facetas, niveles de interpretación o planos (como se los quiera llamar), que es imposible ser consciente de todos sus aspectos. Comprometernos con cierta causa específica nos convierte, en virtud de esta inconmensurable riqueza, en irresponsable e inconscientes respecto de una infinidad de otras causas igualmente vitales para “salvar el mundo”.