La inteligencia que no se ve

Un estilo de confrontación que he observado con bastante frecuencia últimamente es el debate. Lo veo entre políticos, personalidades influyentes como filósofos, académicos, y también en «youtubers» e «influencers». Lo más probable es que también hayas presenciado alguno, y tal vez hasta tengas naturalizada esta especie de puja donde dos personas, a veces en presencia de un mediador, se turnan para argumentar defendiendo posturas opuestas y desacreditando a su interlocutor.
Los debates no tienen un resultado formal como el de un partido de fútbol o una pelea de box, no hay un marcador ni un jurado que decida, sólo el impacto en la llamada «opinión pública».
Hasta donde entiendo, las reglas parecen muy sencillas: se trata de justificar la propia postura, y a la vez exponer la falsedad, invalidez o incoherencia de la postura opuesta, con los argumentos más contundentes e incuestionables que se puedan emplear.
Por otro lado, y aunque parezca una cuestión simple, me cuesta un poco determinar qué propósito tiene un debate. No sé si los participantes buscan demostrar que su postura es «mejor» en algún aspecto, o si esperan que quienes escuchan adhieran a su opinión y desestimen la opuesta, o si quieren demostrar ser más inteligentes o estar mejor preparados que su oponente. Y hay algo que me cuesta más todavía: no le encuentro sentido a defender una postura ideológica, no veo por qué puede valer la pena demostrar que lo que pienso es superior en algún sentido a lo que piensa el otro.
No es que pretenda ignorar mis gustos, apetencias, posturas políticas, creencias espirituales y todo eso. No tendría sentido negarlos. Ahí están. Es sólo que siento que muchas de esas cosas ya no me representan. Se instalaron y se afianzaron sin mi consentimiento y por eso no me siento muy animado a defenderlas, y mucho menos a intentar imponerlas.
Además, no veo muy sensato adherir a verdades que necesiten que yo las defienda. No deben ser muy ciertas si necesitan mi trabajo y/o sacrificio para sobrevivir. Creo que todo debate surge de una cierta inseguridad, un intento de demostrarse a uno mismo que lo que piensa es lo correcto, ganando una pulseada de argumentaciones.
Por todo esto, y sin dejar de reconocer la habilidad necesaria para ganar debates, no creo que sea adecuado llamarla inteligencia.
A mi entender, las señales de inteligencia no son espectaculares. El poder callar o humillar a otro con argumentos irónicos y contundentes es una señal de astucia y agresividad, pero no de inteligencia. La inteligencia contiene en sus ingredientes fundamentales características como la madurez y la pasividad, y suele advertirse en actos sutilmente empáticos y compasivos, que por lo general no llaman la atención ni resultan espectáculares, y por eso pasan desapercibidos para muchos.

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